Arte, educación y vida urbana

El placer de mirar

El museo del visitante

Editorial Actar, Barcelona 1998

¿Qué serían los museos sin visitantes?
¿En qué consiste la creatividad del espectador?
¿Cuál es el misterio que se esconde detrás de una obra de arte?
¿Qué hace que el arte contemporáneo sea tan extraño a sus coetáneos?

 

El placer de mirar propone mirar las obras de arte en voz alta. Abrir un diálogo que nos acerque al placer de la contemplación. Es decir, al placer de mirar y al placer de reflexionar. Al gusto para mezclar historias, donde la nuestra, la de cada uno, tenga también un lugar propio.

Es un libro para el paseante de las artes. Para aquel que, de vez en cuando, siente la atracción de visitar un museo, y a la salida piensa que quizás debería ir más a menudo.

Prefacio

Joan Miró, El acomodador de music-hall, 1925

Atardecer. Vestíbulo del music-hall. Destellos y perfumes. Risas forzadas y sonrisas insinuadoras. La cortina del fondo de un marrón gastado por el tiempo. Arpillera ruda con afanes de terciopelo rojo. Paisaje indefinido, promesa de color. Contra ese fondo, el ojo que puede ver en la oscuridad. A su lado, compañero inseparable, la linterna que acaricia la mirada, ciega de luz, del espectador que llega. Charretera de circo para acoger la sorpresa. La ceja fina que invita a entrar, la ceja poblada, suspicaz de una propina escasa. Los pelos del bigote, anticipo de la distracción prometida. El gesto difuso de investigador cayendo sobre la persona que llega. Conquista del lugar preciso para el momento que empieza. Sonrisa de uniforme. Pensamiento impenetrable. Vida de actor, en pleno patio de butacas. Mitad persona y mitad personaje, el acomodador habla cuando anda. Calla, cuando cierra la linterna. El acomodador acomoda la mirada del recién llegado y lo transforma en espectador. La posibilidad de emoción está servida

La Historia resulta de la mezcla de muchas historias. La historia de las artes también. Es la historia de los autores y la historia de los materiales; es la historia de las obras de arte y la historia de los espectadores; es la historia de los marchantes y la de los profesores universitarios; es la historia de los museos y la de las galerías; es la historia de la Cultura y la de las culturas; es la historia de cómo lo subjetivo deviene objetivo; es la historia de cómo lo particular se universaliza y lo universal se encarna; es la historia en su conjunto vista desde una vasija de barro; son los hechos y sus interpretaciones. La historia de las artes es una verdadera analogía de la historia humana.

El viento vuelve, intentemos vivir

Abre y cierra mi libro al aire inmenso,

Con las rocas se atreve la ola en polvo.

Volad, volad, páginas deslumbradas.

Olas, romped gozosas el tranquilo

Techo donde los foques picotean.

 

Valéry, El cementerio marino, XXIV

Luz y taquígrafos

Los museos que coleccionan y exponen obras de arte pueden fácilmente compararse con centrales eléctricas, porque los museos son curiosas cabinas de mando que posibilitan la conexión simultánea de muchos cables, movidos por mecanismos extraños, con frecuencia muy alejados unos de otros. Los artistas con sus obras aportan la luz inicial que les permite la existencia, que hace que los museos sean potencialmente visibles. Los responsables de las exposiciones no sólo acogen esa posibilidad generada en un sinfín de talleres remotos, sino que añaden la luz ambiental, imprescindible para que las producciones de los artistas se configuren definitivamente como obras de arte. Los visitantes, cada uno en particular, al contemplarlas, activan los reguladores de intensidad hasta descubrir el nivel justo en cada caso.

Cuando todo está en marcha, las centrales eléctricas, llamadas museos de arte, constituyen una parte importante de la red de alumbrado de un público que busca ampliar y profundizar su propia visión del mundo. Cuando alguno de los mecanismos falla, la central produce oscuridad -que no es sólo falta de luz, sino verdadera luz negra-, dejando atrás la estela de un deseo impreciso de acabar con las restricciones.

La palabra iluminar se utiliza con frecuencia como sinónimo poético de vivificar. Éste es también el caso en esta metáfora. Permitimos que las obras de arte vivan cuando la atracción que nos despiertan alienta en nosotros el deseo de verlas, de poder llegar a contemplarlas con la fascinación que ellas mismas solicitan.

Pero ningún visitante puede de verdad llegar a serlo si el museo no le facilita la posibilidad de pasear entre las obras con la comodidad intelectual necesaria. Si no le acomoda con buen tacto entre sus piezas.

El museo es un invento reciente, pero el visitante siempre está por descubrir (hay que descubrirlo en cada exposición).

Magritte – Ceci n’est pas une pipe – 1929

Por ejemplo, el museo que nos mostró la pipa de Magritte para permitirnos comprender que entre las imágenes y las cosas existen diferencias sustanciales nos debe ayudar hoy a dar un paso más. Conviene saber que actualmente el museo nos ofrece muchas cosas que hay que contemplar como imágenes. Cuando la pinza de tender ropa de Claes Oldenburg incorpora a su tamaño descomunal la finura de proporciones y la delicadeza del gesto artístico implícito, nos puede incitar a pensar en la ternura de los amantes que cabalgan sobre los límites de lo real hasta hacer relevante la provisionalidad de su imagen cotidiana.

Claes Oldenburg – Clothespin 4 – 1974

Las imágenes que aprendemos a leer en las salas de los museos (pueden ensanchar nuestra vida entre las cosas/pueden modificar la manera de relacionarnos con las cosas que forman parte de nuestra vida), permitiéndonos verlas con nuevos ojos, con la curiosidad de saber qué pasaría si…

Es entonces cuando a las luces hay que añadir el taquígrafo. El diálogo es el lugar y la forma de compartir y fijar percepciones con aquellos que, tal vez como nosotros, visitan museos esporádicamente, y también con los expertos que han preparado los folletos informativos sobre las exposiciones, han concebido los catálogos o han dispuesto con todo detalle los servicios de documentación del museo.

Mirar obras de arte en voz alta nos permite perder la condición de visitante ocasional de museos, en favor de empezar a adquirir la de paseante de las artes. Es decir, nos permite mantener despierta la atención frente a propuestas nuevas que podrán afinar esta faceta de la sensibilidad que intenta huir de los dominios de lo ya sabido. Que busca dejarse sorprender por todo aquello que procede de una visión sutil de las agujas de tender ropa -para seguir con el ejemplo de Oldenburg-, que formaban parte de nuestros juguetes de niños y representan con extraordinaria precisión el vínculo de las mujeres con la vida doméstica.

El museo del visitante es el museo de un espectador que, a diferencia del usuario de los teatros y las salas de conciertos, no encontrará en el museo quien le entretenga hasta que él mismo no haya concebido el espectáculo. Los artistas siguen en sus talleres y los organizadores de exposiciones en sus despachos. Tan sólo su huella ha quedado incorporada en la porosidad de las salas.

La escena, en el museo, es una relación muy delicada que se establece entre algunas de las obras expuestas y algunas de las personas que las miran. ‘Unicamente cuando la invitación a seguir recorriendo itinerarios diversos por entre las salas y las obras se muestra con la potencia suficiente, únicamente entonces el museo empieza a ser el lugar y el momento en el que distinguir los primeros indicios del placer de mirar. Sólo entonces, al reconocer el lugar específico que nos corresponde como espectadores, podemos entender que el artista siga en su taller y el comisario en su despacho.

Sin embargo, sin el visitante no hay espectáculo posible. El museo, como el viento que se levanta cerca del cementerio de Sète, debe facilitarnos el intentar vivir.

Este libro propone mirar las obras de arte en voz alta. Abrir un diálogo que nos acerque al placer de la contemplación. Es decir, al placer de mirar y al placer de reflexionar. Al gusto por mezclar historias, intentando que la nuestra, la de cada uno, tenga también un lugar propio.

Es un libro para el paseante de las artes. Para aquel que de vez en cuando siente la atracción de visitar un museo, y a la salida piensa que tal vez debería frecuentarlo más.

Las imágenes terribles que nos brindan los telediarios, tristemente con demasiada asiduidad, las miramos sin deseo, las miramos sólo porque sentimos la obligación de saber qué ocurre en el mundo. Tal vez el hecho de mirar tantas veces lo que, en realidad, no quisiéramos ver explique el creciente desinterés por buscar imágenes nuevas.

Este libro se refiere a los archivos de imágenes y de palabras que nos han hecho ser quienes somos y propone redescubrir el gusto por ampliar las reservas, con el fin de hacer la vida más comprensible y más humana.

Eulàlia Bosch